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Más mujeres en la agricultura

Por Miguel Pintado

Betti Norabuena | Foto: CEDEP AYLLU

Los sistemas alimentarios y las estructuras agrarias a nivel global han cambiado mucho en las últimas décadas, creando o reforzando algunas tendencias en el agro. Precisamente, una que ha adquirido mayor dinamismo, y también generado mayor debate, en los últimos años es la feminización de la agricultura. El Perú no ha estado ajeno a tal tendencia. Por el contrario, algunos procesos globales y nacionales parecen haber reforzado esta tendencia y están cambiando el rostro del sector principalmente por tres vías: por la conducción, el trabajo asalariado y por el trabajo familiar no remunerado, lo cual supone varios desafíos para la política pública.

Por el lado de la conducción (productores que conducen unidades agropecuarias), el proceso de feminización ya lleva varias décadas y ello se revela en los últimos tres censos agropecuarios (1972, 1994 y 2012) en donde la presencia de mujeres ha crecido de manera sostenida: 13 %, 20 % y 31 %, respectivamente. Este es un cambio muy común no solo en nuestro país, sino en la mayoría de los sectores agrarios del mundo, debido a los procesos de descampesinización iniciados a mediados del siglo pasado y que se siguen reforzando con las dinámicas sociales, económicas y laborales nacionales. Estos cambios suponen ajustes en la agenda pública, sobre todo en el diseño de políticas, instrumentos o incentivos al sector que tomen en cuenta la mayor presencia femenina en las decisiones de producción.

En el caso del trabajo asalariado (trabajadores agrarios dependientes que perciben remuneración), la presencia de mujeres ha aumentado notablemente en los últimos veinte años pasando del 21 % (2004) al 27% (2023), según la Encuesta Nacional de Hogares (Enaho). Esto ha significado un crecimiento significativo de la masa laboral femenina asalariada a nivel nacional (pasando de 150 mil trabajadoras a casi 300 mil para los mismos años analizados), sobre todo en la costa y selva, en donde el número de asalariadas agropecuarias se multiplicó por más del doble en los últimos veinte años. Esta vía de feminización es quizá el aspecto que supone mayores desafíos para el Estado no solo por la expansión del asalariamiento femenino, sino sobre todo por los drivers y las condiciones en las que se ha dado dicha expansión. Las condiciones de precariedad laboral expuestas a través de diferentes protestas sociales dan cuenta de la complejidad de este proceso.

Por último, una tercera vía en la que podemos ver este proceso de feminización es en el trabajo familiar no remunerado. El aporte de las mujeres es y ha sido fundamental en el sector agrario no solo para la economía del cuidado, sino además para la propia economía familiar a través de las diferentes actividades que realizan como parte del proceso productivo. Durante los últimos 20 años el aporte de las mujeres al trabajo familiar agrario se ha mantenido constante (alrededor del 70 %); sin embargo, dentro de las familias, el aporte de las esposas o parejas viene tomando mayor protagonismo, mientras que el de las hijas y otras parientes se viene reduciendo. Probablemente, la falta de la presencia del Estado en la provisión de servicios básicos sea uno de los factores de la fuga de mujeres jóvenes, y jóvenes en general, con lo cual este proceso de feminización viene acompañado de uno de envejecimiento. De allí que los desafíos para el sector agrario no se limiten al sector, sino supongan pensar en esfuerzos conjuntos y transversales que respondan mejor a estos procesos complejos.*


*Esta es una versión corta de un artículo más extenso que se publicará en La Revista Agraria N°208. Le invitamos a mantenerse al tanto de nuestras publicaciones en redes sociales.

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