Fernando Eguren Opinión

Una segunda reforma agraria

Fernando Eguren*

Juntos por el Perú incluyó en su Plan de Gobierno, como la principal propuesta para el sector agrario, la realización de una Segunda Reforma Agraria. El concepto es retomado por el Plan Bicentenario de Perú Libre. Los contenidos de ambos planes no son iguales, pero sí similares.  

Reforma agraria, reforma de la tenencia

En el mundo, el término reforma agraria ha estado siempre ligado a un cambio en la estructura y régimen de tenencia de la tierra. En América Latina, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, se implementaron reformas agrarias en varios países, de diferente amplitud y profundidad. Muchos latifundios fueron expropiados y sus tierras redistribuidas; consustancial a ese proceso, fueron eliminándose los rezagos de relaciones semifeudales. Las reformas agrarias más avanzadas -entre ellas, la del Perú- no sólo significaron una distribución más equitativa de las tierras, sino una democratización de la sociedad rural.

Desde los últimos lustros del siglo pasado y hasta la actualidad, han ido ocurriendo nuevos procesos de concentración de la propiedad de la tierra, estrechamente ligados a la agroexportación. En el Perú actual, más de la tercera parte de las tierras de cultivo de la costa, con acceso permanente al agua, están en manos de empresas con más de mil hectáreas cada una. A ello han contribuido la conversión de las cooperativas azucareras en sociedades mercantiles, cuyas acciones fueron adquiridas por inversionistas privados; los cambios de legislación que consagraron la apertura del mercado de tierras; y, sobre todo, la ampliación de la frontera agrícola costeña gracias a grandes obras de irrigación, siendo las nuevas tierras mayoritariamente adquiridas por grandes inversionistas y corporaciones. 

El impulso a este proceso ha sido el eje de la política agraria y la prioridad de los sucesivos gobiernos en las últimas tres décadas. En contraste, la inmensamente mayoritaria agricultura familiar, compuesta en su mayor parte por la pequeña agricultura, diseminada en las tres regiones del país, no ha merecido sino una atención marginal. Marginación no sólo de las políticas sectoriales, sino del acceso a los bienes y servicios públicos. 

La segunda reforma agraria

La segunda reforma agraria reclama un cambio de orientación de estas políticas. No propone una redistribución de tierras, sino un cambio de prioridades en la política agraria, poniendo en primer lugar a la agricultura familiar. Las razones son varias: por ser la principal abastecedora de alimentos de la población del país; por ser la principal fuente de empleo; por ser la manera más efectiva de reducir la endémica pobreza rural; por ser más amigable con los recursos naturales y mantener la biodiversidad; por ser, en buena medida, el sostén de muchas economías regionales; por la importancia de los conocimientos acumulados por generaciones; por el inmenso capital social que representan sus instituciones comunales; por la diversidad y riqueza de su cultura.

Muchas de las medidas propuestas tanto por Juntos por el Perú como por el Plan del Bicentenario de Perú Libre en sus propuestas de Segunda Reforma Agraria no son novedades. Han sido parte de las plataformas de los gremios e incluso han sido incorporados en planes de gobierno que claramente no son proagrarios ni procampesinos. Entre ellos créditos accesibles, asistencia técnica, compras directas de la producción, protección contra la competencia desleal, información agraria, modificación de la institucionalidad agraria pública.    

¿Cuál es la novedad, entonces? La novedad es la promesa de que habrá la decisión política de hacer realidad estos ofrecimientos, que serán efectivamente implementados, y que lo serán en una escala masiva. Esta es la novedad, y no es poca cosa. Que el cambio de prioridades será de verdad. Y si esto ocurre, podría hablarse de una segunda reforma agraria.

La cuestión de la tierra: pendientes

Pero ¿hay algún tema pendiente con la tierra que debería también formar parte de estas propuestas de segunda reforma agraria?

En mi opinión, sí. 

En primer lugar, debe regularse la cantidad máxima de tierras que puede tener un propietario, sea este una persona natural o una entidad jurídica. No es posible que en un país en el que las tierras de cultivos no son abundantes y en el que hay millones de minifundistas, existan propietarios con diez, veinte, cincuenta y hasta cerca de cien mil hectáreas de tierras de cultivo con acceso a agua. En segundo lugar, a partir de cierta extensión se debería pagar impuestos a la propiedad de la tierra. La ley 26505, promulgada en 1995, dispone que por encima de las 3 mil hectáreas, pueden aplicarse impuestos. Ello contribuiría a desestimular la concentración de la tierra. En tercer lugar, los criterios de adjudicación de las nuevas tierras ganadas por Chavimochic 3 y Majes Siguas II deberían priorizar a medianos y pequeños agricultores e inversionistas.

Además, hay un pendiente de titulación de las tierras de un importante número de agricultores familiares, y de tierras comunales y de las poblaciones nativas.

También debe desarrollarse más el debate de hasta dónde deben llegar los derechos sobre la tierra; por ejemplo, si es que deben incluir los recursos del subsuelo.  

Mirando hacia adelante: otros pendientes

Pero las propuestas de una segunda reforma agraria omiten algunos temas de gran importancia. Son aquellos que han ido incorporándose en la agenda global en las últimas décadas. No son secundarios. Al contrario, tienen que ver sobre la viabilidad futura de las sociedades humanas. El hecho de que no aparezcan de golpe sino espaciados en el tiempo y el espacio, contribuye a que no se les atribuya la calidad de urgencia. 

Estos temas, que pueden ser considerados desafíos, incluyen: 

  • el calentamiento global (impacto sobre la producción, sobre las pestes y enfermedades, la actividad agropecuaria como fuente de GEH); 
  • el deterioro de los recursos naturales: suelo, agua, aire; 
  • la degradación de la biodiversidad; la inseguridad alimentaria en una perspectiva de mediano y largo plazo. Vinculado a todo esto, la pregunta de: 
  • cómo producir (agroindustria, agroecología, artificialización);
  • con qué tecnologías (tradicionales, agricultura digital, transgénesis, CRISP-R, nanotecnología, robótica, drones y sensores, IA y la big data y la agricultura 4[1]);
  • cómo nos organizamos socialmente para la producción (grandes empresas, formas comunales, individuales); 
  • cómo democratizamos lo que hoy día está controlado por grandes corporaciones transnacionales (semillas, ingeniería genética, abonos y fertilizantes, maquinaria, big data, comercialización de commodities).

Debemos pensar como ciudadanos del siglo XXI. El siglo XX ya pasó.


*Presidente del CEPES y director de La Revista Agraria.

[1] La agricultura 4.0 se basa, en disponer de toda la información suministrada por la gran cantidad de sensores que “coexisten” en una explotación agrícola, poder centralizarla a través de internet y permitir la toma de decisiones inteligentes basadas en dicha información, bien en tiempo real, bien en diferido. Podríamos decir que es la aplicación del bigdata al sector agrícola con el apoyo de sistemas de captación y transmisión de datos en tiempo real. http://www.nataliacarbonell.com/agricultura-4-0/

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