Autores Fernando Eguren

Seguridad alimentaria: ¿emergencia coyuntural o desafío estructural?

El 28 de octubre, el Congreso aprobó la Ley que declara de interés nacional y necesidad pública la emergencia alimentaria a nivel nacional y la continuidad de la campaña agrícola 2021-2022. El 5 de noviembre el texto fue remitido a Palacio de Gobierno para su promulgación; hasta hoy, 18 de noviembre, todavía no lo hace. A juzgar por el tiempo que el Ejecutivo se está tomando, no parece que tenga conciencia de la gravedad de la situación.

Debido a la pandemia, amplios sectores de la población han visto reducidos sus ingresos y se encuentran en dificultades para acceder a los alimentos; los agricultores, a su vez, están viviendo condiciones difíciles para seguir produciendo con normalidad. Pero los impactos de la pandemia no deben hacernos olvidar que, antes de ella, el Perú tenía ya un grave y complejo problema alimentario. En esta nota argumentamos que la coyuntura de la pandemia ha extremado un problema que ya era grave; por lo tanto, las medidas para enfrentarlo no pueden ser temporales, limitadas a la actual coyuntura, sino deben de tener una proyección de largo plazo.

Catástrofes y prevención

Una de las razones es que las amenazas catastróficas futuras, con impactos en la seguridad alimentaria, son varias. Para mencionar solo algunas: el cambio climático extremará los efectos de futuros fenómenos El Niño; se harán más inciertas e intensas las sequías, las inundaciones, las heladas, así como otros eventos climáticos extremos. Parece inminente, además, la ocurrencia de un sismo de grado 8, o mayor, en la costa central (que concentra la tercera parte de la población del país).[1] Es previsible, también, el advenimiento de nuevas pandemias con virus más contagiosos y letales que el Covid-19.[2] Por tanto, la política de seguridad alimentaria de un país debe ser también preventiva, para responder a necesidades imprevistas y masivas.

El problema alimentario antes de la pandemia

Pero aún sin considerar situaciones catastróficas, la cuestión alimentaria en el país era ya muy problemática antes de la pandemia. Ha habido una cierta autocomplacencia entre los tomadores de decisiones y, también, de organizaciones de la sociedad civil atentas al bienestar de la población, al constatar que en el período de acelerado crecimiento económico del país la tasa de desnutrición crónica de niñas y niños menores de 5 años se redujo notablemente –lo cual fue celebrado por las Naciones Unidas–, pasando de 23.8% en el año 2009 al 12.2% el 2019. Con todo lo positivo de esa reducción, ¡hay más de 300 mil niñas y niños que todavía son desnutridos crónicos! Más grave aún: los contrastes regionales son muy marcados, siendo los extremos Lima Metropolitana (5% de desnutridos/as crónicos) y Huancavelica (30.7%).

Las mismas NNUU constataron, a los pocos años, que la tendencia de reducción del hambre en el mundo -incluyendo el Perú- se había estancado precisamente hacia el año 2015, varios años antes de la pandemia. Si entre el 2009 y el 2015 la incidencia de la desnutrición crónica se redujo en 9 puntos, entre este último año y el 2019 lo hizo sólo en 2 puntos. Con el advenimiento de la pandemia, es muy probable que la desnutrición haya aumentado. Esperemos las cifras oficiales para conocer en qué grado lo ha hecho.

La anemia -insuficiencia de hierro en la sangre- es otro indicador de una alimentación deficiente.  También aquí ha habido una reducción a lo largo de los años. Pero mientras entre el año 2000 y el 2011 la incidencia de la anemia en niñas y niños de 06 a 35 meses de edad se redujo en 20 puntos (de 60.9% a 41.6%), entre este último año y el 2019 se mantuvo prácticamente estancado en alrededor del 40% (¡más de medio millón de niños y niñas!). Las brechas entre la población infantil rural anémica (cerca del 50%) y la urbana (alrededor del 37%) se mantuvieron.[3]

Mientras que la desnutrición y la anemia han ido disminuyendo con el tiempo, aunque, como hemos visto, a una tasa menor en los años recientes, el sobrepeso y la obesidad –que son manifestaciones de malnutrición–, han ido incrementándose desde hace varios años en todos los grupos de edad y de ingresos, tanto entre la población rural como urbana. Según el Centro Nacional (CENAN) del Instituto Nacional de Salud, en el Perú el 69.9% de adultos padece de sobrepeso u obesidad, lo cual afecta también al 42.4% de jóvenes, al 32.3% de escolares, al 33.1% de adultos mayores y finalmente al 23.9% de adolescentes. Contribuyen a esta forma de malnutrición el consumo creciente de alimentos ultraprocesados, que van ocupando un lugar cada vez mayor en la composición de la canasta de alimentos. En nuestro país el consumo de estos alimentos y bebidas superó los 52 kilos por habitante[4]. Detrás de muchos de estos alimentos están poderosas empresas transnacionales que promueven su consumo a través de una persistente, invasiva y omnipresente publicidad, y que se han pronunciado reiteradamente contra el etiquetado de alerta –los octógonos– que advierte sobre el consumo excesivo de grasas, sodio y azúcar. El sobrepeso y la obesidad constituyen un problema grave de salud pública, pues están asociados a enfermedades crónicas no transmisibles: diabetes, hipertensión, algunas formas de cáncer.

Otro problema que está directamente vinculado a la alimentación es la magnitud de la merma y desperdicio de alimentos, que es motivo de preocupación en muchos países y de las organizaciones internacionales. Según la FAO, en el mundo se pierde aproximadamente el 30% de los alimentos producidos a lo largo de la cadena que va desde la producción hasta el consumo final. En el Perú la situación parece ser bastante peor, según nos informa un reciente estudio que estima que en el país las pérdidas alcanzan cerca del 50% de la producción.[5] La magnitud de esta pérdida se grafica mejor si nos imaginamos que equivale a la mitad del área destinada a la producción de alimentos -al menos un par de millones de hectáreas-, al trabajo de más de un millón de personas, y a cientos de millones de soles en los diferentes rubros que conforman el costo de producción.

A todo lo dicho se agregan aún otros factores que pueden incidir negativamente sobre la situación alimentaria: los impactos del cambio climático sobre el rendimiento de los cultivos; la propagación de enfermedades; el deterioro de la fertilidad de los suelos, la contaminación de las aguas; la reducción de la biodiversidad….

La escala del desafío exige propuestas imaginativas

Podrá apreciar el lector que una medida de emergencia temporal, como la que está procesando con gran parsimonia el Ejecutivo –aun cuando sea necesaria para la actual coyuntura–, es absolutamente insuficiente para dar cuenta de los desafíos que plantea la magnitud y la complejidad de la cuestión alimentaria del país. El Estado peruano, por lo demás, no parece estar en condiciones para enfrentar, solo, la inmensidad de la tarea que tenemos por delante en materia alimentaria. Para ello es preciso establecer alianzas y compromisos entre actores públicos, privados y la sociedad civil, que deberían concretarse en una instancia democrática y pluralista, que permita el intercambio de información y de opinión, la realización de análisis y la formulación de propuestas que tengan como propósito no solo la enunciación de políticas públicas, sino los términos en los que la diversidad de actores puede contribuir para enfrentar con éxito el desafío alimentario.  

En esa perspectiva, la experiencia de otros países, en particular del Brasil y su programa Hambre Cero, debe ser estudiada. Este programa logró una relación sinérgica entre el Estado y organizaciones de la sociedad civil, y vincular el apoyo de la agricultura familiar al fortalecimiento del a seguridad alimentaria del país. Ahora que los lineamientos de la segunda reforma agraria han sido aprobados y se incluye en ellos la seguridad alimentaria, es momento que el gobierno desarrolle iniciativas con esa orientación.


[1] CENEPRED (2020). Escenario de riesgo por sismo de gran magnitud seguido de tsunami frente a la costa central del Perú. https://cutt.ly/wTbXFEL 

[2] Según la revista Nature (2021), “Mientras que los países luchan para controlar la pandemia de Covid-19, los científicos advierten que brotes mortales de otros virus son inevitables…. Prevenir una pandemia puede no ser posible; la clave es estar preparados.” 596. https://cutt.ly/LTb0rvw

[3]  INEI (2020). Perú. Encuesta demográfica y de salud familiar ENDES 2020. P. 231.

https://cutt.ly/6Tna3t0

[4] El Economista América (04.10.2018). https://cutt.ly/xTnhbmv

[5] Noelia S. Bedoya-Perales and Glenio Piran Dal’ Magro (5 March 2021). “Quantification of Food Losses and Waste in Peru: A Mass Flow Analysis along the Food Supply Chain”. Sustainability 2021, 13, 2807.

https://doi.org/10.3390/su13052807

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: